Las emociones ponen a nuestro alcance un vasto abanico de sensaciones y experiencias sensitivas pero tenemos que saber que son adictivas e imprevisibles. Así que es imprescindible que sepamos utilizarlas a nuestro favor.

Tomando distancia

Precisamente por su carácter adictivo, tanto las emociones agradables como las desagradables siempre nos reclaman una dosis más fuerte y por eso resulta muy útil entrenar nuestro desapego.

Para desapegarnos de ellas tenemos que estar dispuestos a renunciar a ellas a conciencia de vez en cuando. Hay un ejercicio interesante que he propuesto a varios de mis clientes y que consiste en aplazar la compra de un capricho 2 o 3 meses. Desde un teléfono móvil a un coche de alta gama. Durante ese tiempo la persona experimenta como la urgencia y la emoción inicial va disminuyendo hasta desaparecer casi por completo. De hecho en la mayoría de casos se termina por destinar el dinero a otro fin o por invertirlo en un artículo más adaptado a las necesidades reales. Lo que esto nos demuestra es que si bien las emociones son capaces de distorsionar nuestra percepción, tenemos herramientas para tomar el control de nuestras decisiones.

Un ejercicio como este realizado a menudo en distintas áreas de nuestra vida, (alimentación, sexo, trabajo en equipo, etc…), nos ayudará a poner nuestro verdadero propósito por delante de nuestra búsqueda de placer inmediato y como consecuencia disfrutaremos de unas emociones menos extremas y más equilibradas.

Emociones negativas

Las emociones más densas, no son malas por si mismas, simplemente tienen una función distinta. Y al igual que las demás, nos ofrecen información sobre como nos sentimos en relación con una situación o experiencia. De hecho algunos artistas las utilizan como vehículo para ir hasta lo más profundo de si y crear obras muy emotivas.

En cualquier caso, lo mejor que podemos hacer con ellas es aceptarlas y dejarlas pasar, porque si intentamos maquillarlas o negarlas volverán a nosotros con más fuerza. Las emociones sirven para darnos más información sobre lo que estamos viviendo, así que si hacemos que no pasa nada, ellas gritaran más fuerte para que las escuchemos.

Por supuesto cuando hablamos de dejarlas pasar nos referimos a responsabilizarnos de ellas como adultos, y permitir que realicen su función en nosotros sin añadirles más carga mental.

Decidiendo al margen de las emociones

Nuestras experiencias pasadas pueden llevarnos a querer hacer nuestros planes en función de lo que queremos sentir, pero este juego puede resultar muy decepcionante cuando por distintos motivos el resultado no es el que esperábamos.

Las emociones son cambiantes como el viento y dependen de demasiados factores como para intentar predecirlas; el azar, un recuerdo distorsionado, una crítica, un mal gesto, una decepción, etc.

Abandonar a medias una reunión porque no estamos de acuerdo con nuestros colaboradores puede parecernos una decisión muy racional en el momento. Pero probablemente unas horas más tarde nos demos cuenta de que al margen de nuestra emocionalidad y ego, esa resolución no alimenta nada más, e incluso perjudica nuestra meta final; viabilidad de un proyecto, establecer relaciones de confianza y respeto, etc.

 

No se trata de controlarnos todo el tiempo. Se trata más bien de flexibilizar y experimentar con nuestras emociones para darnos cuenta de que no son tan impresionantes como parecen. Al fin y al cabo son una parte más de nuestro sistema-persona.